El Robot de Dios: Informes sobre la libertad humana

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No disponía de cocina ni cuarto de baño. Sólo tenía dos habitaciones. Una era una biblioteca y la otra servía de depósito y taller. Un día, fue a verlo el Señorito El Señorito había insistido en eso después de la sentencia del juez. Yo te llamo Andrew. El día en que George fue a verlo a solas le informó de que el Señor estaba agonizando. La Niña se encontraba juanto al lecho, pero el Señor también quería estuviese Andrew. El Señor habló con voz potente, auqnue parecía incapaz de moverse.

Se esforzó en levantar la mano. No me ayudes, George. Me estoy muriendo, eso es todo, no estoy impedido Andrew, me alegra que seas. Sólo quería decirte eso.

¿Qué harán los humanos cuando los robots hagan todo el trabajo?

Andrew no supo qué decir. Nunca había estado frente a un moribundo, pero sabía que era el modo humano de dejar de funcionar. Era como ser desmontado de una manera involuntaria e irreversible, y Andrew no sabía qué era lo apropiado decir en ese momento. Sólo pudo quedarse en pie, callado e inmóvil. Cuando todo terminó, la Niña le dijo: -tal vez te haya parecido huraño hacia el final , Andrew, pero estaba viejo y le dolió que quisieras ser libre. Y entonces Andrew halló las palabras adecuadas: -Nunca habría sido libre sin él, Niña.

Andrew comenzó a usar ropa después de la muerte del Señor. George ya estaba casado y era abogado. Se incorporó a la firma de Feingold. En la época en que Andrew se puso ropa por primera vez, el apellido Martin acababa de añadirse a la firma. George se esforzó en no sonreír al verle ponerse los pantalones por primera vez, pero andrew le notó la sonrisa en los ojos. George le hizo una demostración con sus propios pantalones, pero anrew comprendió que él tardaría en imitar la soltura de ese movimiento.

Tu cuerpo resulta tan bellamente funcional que es una pena cubrirlo; especialmente, cuando no tienes que preocuparte por la temperatura ni por el pudor. Sin embargo, os cubrís. Nada de eso aplica en tu caso.


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Me siento diferente, George. Andrew, hay millones de robots en la Tierra.

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Hay robots que realizan cualquier tipo de tarea concebible. Poco a poco, Andrew mejoró su guardaropa.


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  6. Lo inhibían la sonrisa de George y la mirada de las personas que le encargaban trabajos. Aunque fuera libre, el detallado programa con que había sido construido le imponía un determinado comportamiento con la gente, y sólo se animaba a avenzar poco a poco. La desaprobación directa lo contrariaba durante meses. No todos aceptaban la libertad de Andrew.

    El era incapaz de guardarles rencor, pero sus procesos mentales se encontraban con dificultades al pensar en ello. Sobre todo, evitaba ponerse ropa cuando creía que la Niña iba a verlo. En uno de esos regresos, George le comentó: -Ella me ha convencido Andrew.

    Me presentaré como candidato a la Legislatura el año próximo. De tal abuelo, tal nieto, dice ella. No parecía adecuado. Sí, pienso en el viejo monstruo de cuando en cuando. Andrew reflexionó sobre esa conversación. Se daba cuenta de sus limitaciones de lenguaje al hablar con George. El idioma había cambiado un poco desde que Andrew se había convertido en un ser con vocabulario innato. Porqué llamaba monstruo al Señor, cuando esa palabra no parecía la apropiada? Los libros no lo ayudaban. Eran antiguos y la mayoría trataban de tallas en madera, de arte o de diseño de muebles.

    No había ninguno sobre el idioma ni sobre las costumbres de los seres humanos. Pensó que debía buscar los libros indicados y, como robot libre, supuso que sería mejor no preguntarle a George. Iría a la ciudad y haría uso de la bilbioteca. Fué una decisión triunfal y sintió que su electropotencial se elevaba tanto que tuvo que activar una bobina de impedancia. Se puso un atuendo completo, incluida una cadena de madera en el hombro. Llevaba recorridos treinta metros cuando una creciente resistencia le hizo detenerse. Desactivó la bobina de impedancia, pero no fue suficiente. Entonces, regresó a la casa y anotó cuidadosamente en un papel.

    No llegó a la biblioteca. Había estudiado el plano.

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    Conocía el itinerario, pero no su apariencia. Los monumentos al natural no se asemejaban a los símbolos del plano y eso le hacía dudar. Finalmente pensó que debía de haberse equivocado, pues todo parecía extraño. Pasó un vehículo y no se detuvo. Andrew se quedó de pié, indeciso, y entonces vio venir dos seres humanos por el campo. Se volvió hacia ellos, y ellos cambiaron de rumbo para salirse al encuentro.

    Un instante antes iban hablando en voz alta, pero se habían callado. Tenían una expresión que Andrew asociaba con la incertidumbre de los humanos y eran jóvenes, aunque no mucho. Veinte años? Andrew nunca sabía determinar la edad de los humanos. El alto cascó los dedos. En casa de los Martin tienen un robot libre que no pertenece a nadie. Porqué otra razón iba a usar ropa? Los robots no usan ropa.

    Andrew titubeó. Hacía tanto tiempo que no oía una orden en ese tono de voz que los circuitos de la Segunda Ley se atascaron un instante. Te lo ordeno. Andrew empezó a desvestirse. No estamos dañando ninguna propiedad Andrew volvió a dudar y luego paoyó la cabeza en el suelo. Alguna vez has desmontado un robot? Andrew no tenía modo de impedirlo si le ordenaban no resistirse. La Segunda Ley, la de obediencia, tenía prioridad sobre la Tercera ley, la de supervivencia.

    Ante ese pensamiento, sus unidades motrices se contrajeron ligeramente y andrew se quedó allí tiritando. El alto lo empujó con el pie. Creo que vamos a necesitar herramientas para este trabajo. Sería divertido verle intentarlo. Si viene alguien Era demasiado tarde.